J.D.Salinger

¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? (...) Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.

Helmut Newton

Helmut Newton

domingo, 27 de junio de 2010


Los banqueros se han hecho fuertes y engullen los marrón-glacés del minibar mientras yo paso la tarde desértica en el porche tarareando canciones de inspiración guerrillera en calzoncillos.

Los banqueros llevan ropa interior larga de algodón, como el que escapa por la ventana del saloon cuando le han acribillado la puta a balazos. Alguien les ha tirado la puerta abajo y se han escapado por la ventana, indignos pero con vida, y la puta eramos nosotros, que habíamos puesto empeño en joder como Dios manda, por si al caballero otro día le daba por repetir, y ahora no volveremos a hacer el amor en la habitación del desvigo de nuestras madres, que era tranquila y silenciosa.

Los banqueros se han bebido todo el whisky, con excelentes modales, y luego han meado en los abrevaderos de todo el pueblo para que nosotros que queremos a nuestro caballo, nos lo llevemos a buscar agua a los desfiladeros.

Los banqueros tienen el oro, y el ferrocarril, y las pieles, y el petróleo que empieza a manar de la tierra como un vino dulce de algas, pero ahora los tenemos en calzoncillos corriendo por entre los tejados, y el pastor está durmiendo y nos perdonará los pecados, ¡por el amor de Dios!

Nos hemos dejado los Colt en algún paragüero olvidado. Otras dos décadas practicando los domingos con los cáctus de la finca.

Otros veinte años de generaciones sin cojones ni pecados significativos.
Alberto García-Alix

Noche del sábado al domingo.

El centro de Madrid es un enorme navío conducido por cientos de chimpancés crecidos en cautividad que pretendiendo cabalgar sobre las olas no hacen sino enfrentarlas por los extremos más debilitados. Parece que hay más miedo en avistar tierra firme que en seguir destrozando el barco noche tras noche hasta que no quede nada. Tenemos los cadáveres de nuestros padres muertos sobre la cubierta, y parece que ésto dota a nuestra aventura de mayor enjundia, pero todo el mundo sabe que el peso de los muertos desequilibra a los barcos, mientras que el de los vivos mantiene en vilo la agonía.

Ahora empiezo a odiar las noches en cubierta por la misma razón que antes odiaba las noches en el camarote. Es mejor, ya que no tienes ni idea de cómo navegar a oscuras, dormir con la lámpara encendida y corregir el rumbo de día, que tratar de unir constelaciones-guía en un cielo iluminado por la luz de las ciudades, equívoco, claro y malintencionado.

miércoles, 23 de junio de 2010


Leo de pasada en un periódico gratuito que L'osservatore romano (periódico no gratuito de la Santa Sede) publica un orbituario sobre José Saramago a las 24 horas de su muerte, que titula La omnipotencia (relativa) del narrador, en el que ataca duramente su intromisión en los asuntos teológicos, banalizándolos en nombre del materialismo libertario. Por lo visto el Vaticano ya no guarda los lutos, celebra las muertes de los marxistas como si fueran enemigos de la biología.

Me interesa sobre todo el título del artículo, así que busco en internet para ver si lo puedo leer, aunque sea en italiano. No lo encuentro, pero sí leo otro artículo del udinese Paolo Flores d'Arcais en defensa de Saramago en el que trascribe unas líneas del artículo de L'osservatore en donde se critica el tono narrativo del escritor que me llaman la atención: un tono de inevitable apocalipsis con un presagio perturbador que pretende celebrar el fracaso de un Creador y su creación.

Lo que me llama la atención de todo ésto es que el Vaticano parece fortalecer involuntariamente con sus apuntes la esencia de la literatura más notable, la que no se somete a los designios de una autoridad, ni siquiera a los designios del inevitable apocalipsis. Qué gran título podría ser ese de La omnipotencia (relativa) del narrador , porque se trata fundamentalmente de eso, de presenciar cómo la literatura, que es contraria a la vida, que es a la vez también contraria a la muerte y por tanto contraria a todos los designios e intenciones últimas del arrepentido narrador, sin embargo subsiste a través de él, incluso a su pesar.

D.E.P.

viernes, 18 de junio de 2010


Supongo que nunca he sido un gran científico, me quedo siempre en lo anecdótico. Si me disfrazas al perro con unas telas curiosas me creeré que estamos haciendo antropología en los confines chinos del salón, al lado del jarrón del mercadillo. El asombro lo tengo avanzadísimo, en eso no me gana ninguno de estos científicos domésticos prescindibles de los que me siento sitiado día a día. Pero es que a mí la ciencia hay que hacérmela entretenida, con títeres, carteles o algo, que si no prefiero irme a fumar a la barandilla.

Lo que me parece interesante es que a base de haber sobrellevado la ciencia del número perezoso con libros de caballerías, ahora resulta que entro en los pasillos de la ciencia, cojo lo que quiero en la despensa, y salgo con las manos a tono para hacer algún truco de magia fácil con huevos y pistachos.

Últimamente manejo al número, no ha sido fácil; para bien manejarlo hay que aprender también a dejarlo de lado. Es un poco como el pobre gordo de la clase que juega de portero, tú le dejas ahí entre los tres palos comiéndose el bocadillo, engordando para tapar más hueco y aunque a corto plazo es una faena que se olvide del esférico mientras le quita el amarillo al jamón, luego te cubre la portería entera y todo ha sido legal, a base de trabajo diario y marginación ya no te marcan ni un solo gol.

La ciencia es un bocadillo para gordos, y un gordo, a su vez, que crece y crece. Y nosotros somos chavales de escuela que nos merecemos dos hostias de hermano mayor. Pero luego de las dos hostias veo ésto y me da pena, y me acerco al gordo porque a su modo también me parece un héroe y hasta un caballero, y resulta que me hago amigo de la ciencia a fuerza tan solo de observar lo que pasa en el patio.

Yo que creía que íbamos a echar de menos a las mujeres, a ver si va a ser cierto que a quien echamos de menos de verdad es al gordo.

miércoles, 16 de junio de 2010

VI. MACEDONIO FERNÁNDEZ

"Varias veces emprendí el estudio de la metafísica, pero me interrumpió la felicidad".
Macedonio Fernández

Me tropiezo en mis idas y venidas por la red con las palabras de homenaje de Jorge Luis Borges ante la tumba de su buen amigo Macedonio Fernández que me conmueven. Parece que la mañana gris hubiera pasado la noche sumergida debajo del agua. Parece que al emerger todavía tosiera y temblequeara, consciente de haberse salvado por muy poco.

Un filósofo, un poeta y un novelista mueren en Macedonio Fernández, y esos términos, aplicados a él, recobran un sentido que no suelen tener en esta república.

Filósofo es, entre nosotros, el hombre versado en la historia de la filosofía, en la cronología de los debates y en las bifurcaciones de las escuelas; poeta es el hombre que ha aprendido las reglas de la métrica (o que las infringe, ostentosamente) y que sabe, también, que puede versificar su melancolía, pero no su envidia o su gula, aunque tales pasiones sean fundamentales en él; novelista es el artesano que nos propone cuatro o cinco personas (cuatro o cinco nombres) y los hace convivir, dormir, despertarse, almorzar y tomar el té hasta llenar el número exigido de páginas.

A Macedonio, en cambio, como a los hindúes, las circunstancias y las fechas de la filosofía no le importaron, pero sí la filosofía. Fue filósofo, porque anhelaba saber quiénes somos (si es que alguien somos) y qué o quién es el universo. Fue poeta, porque sintió que la poesía es el procedimiento más fiel para transcribir la realidad. Macedonio, pienso, pudo haber escrito un Quijote cuyo protagonista diera con aventuras reales más portentosas que las que le prometieron sus libros. Fue novelista, porque sintió que cada yo es único, como lo es cada rostro, aunque razones metafísicas lo indujeron a negar el yo. Metafísicas o de índole emocional, porque he sospechado que negó el yo para ocultarlo de la muerte, para que, no existiendo, fuera inaccesible a la muerte.

Toda su vida, Macedonio, por amor de la vida, fue temeroso de la muerte, salvo (me dicen) en las últimas horas, en que halló su coraje y la esperó con tranquila curiosidad.

Intimos amigos de Macedonio fueron José Ingenieros, Ignacio del Mazo, Carlos Mendiondo, Julio Molina Vedia, Arturo Múscari y mi padre; hacia 1921, de vuelta de Suiza y de España, heredé esa amistad. La República Argentina me pareció un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura, pero hablé un par de veces con Macedonio y comprendí que ese hombre gris que, en una mediocre pensión del barrio de los Tribunales, descubría los problemas eternos como si fuera Tales de Mileto o Parménides, podía reemplazar infinitamente los siglos y los reinos de Europa. Yo pasaba los días leyendo a Mauthner o elaborando áridos y avaros poemas de la secta, de la equivocación, ultraísta; la certidumbre de que el sábado, en una confitería del Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba, lo recuerdo muy bien, para justificar las semanas.

En el decurso de una vida ya larga, no hubo conversación que me impresionara como la de Macedonio Fernández, y he conocido a Alberto Gerchunoff y a Rafael Cansinos Assens. Se habla de la irreverencia de Macedonio. Este pensaba que la plenitud del ser está aquí, ahora, en cada individuo, venerar lo lejano le parecía desdeñar o ignorar la divinidad inmediata; de ese recelo procedieron sus burlas contra viejas cosas ilustres.

Los historiadores de la mística judía hablan de un tipo de maestro, el Zaddik, cuya doctrina de la Ley es menos importante que el hecho de que él mismo es la Ley. Algo de Zaddik hubo en Macedonio. Yo por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. No imitar ese canon hubiera sido una negligencia increíble.

Las mejores posibilidades de lo argentino —la lucidez, la modestia, la cortesía, la íntima pasión, la amistad genial— se realizaron en Macedonio Fernández, acaso con mayor plenitud que en otros contemporáneos famosos. Macedonio era criollo, con naturalidad y aun con inocencia, y precisamente por serlo, pudo bromear (como Estanislao del Campo, a quien tanto quería) sobre el gaucho y decir que éste era un entretenimiento para los caballos de las estancias.

Antes de ser escritas, las bromas y las especulaciones de Macedonio fueron orales. Yo he conocido la dicha de verlas surgir, al azar del diálogo, con una espontaneidad que acaso no guardan en la página escrita.

Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color; entiendo que el epíteto genial, por lo que afirma y lo que excluye, es quizá el más preciso que puede hallarse. Macedonio perdurará en su obra y como centro de una cariñosa mitología. Una de las felicidades de mi vida es haber sido amigo de Macedonio, es haberlo visto vivir.

Marzo-Abril de 1952

sábado, 12 de junio de 2010

V. FEDERICO GARCÍA LORCA


Dos consejos de Federico García Lorca que ayer por la noche rescato de sus cartas y que me han dado ánimos hoy durante todo el día:

El disparate, si está vivo, es verdad; el teorema, si está muerto, es mentira. Carta a Sebastián Gasch. 1928

Lo pasas mal y no debes. Dibuja un plano de tu deseo y vive ese plano dentro siempre de una norma de belleza. Yo lo hago así, querido amigo... ¡y qué difícil me es!, pero lo vivo.
Carta a Jorge Zalamea. 1928

miércoles, 9 de junio de 2010


MIQUEL BARCELÓ

Barceló ya percibe en sus primeros años de Mallorca que va a pintar como caga el albatros, cubriendo los acantilados del lienzo de biología corrosiva. Al principio retrata su estudio, su biblioteca que se abre al mar a través de una ventana por donde caben las barcas y los pianos. No es todavía la pintura telúrica y amorfa que habrá de ser, pero pasa de la academia y se escapa a coger cangrejos, eso se ve desde el principio.

Luego en París "vuelve al Louvre como el animal al abrevadero", eso lo dice en sus diarios y pinta como si la tierra se hubiera tragado el museo, porque ya en él se ve efectivamente que la naturaleza va a tragarse la pintura, pintura que trata de disciplinar a la arcilla convirtiéndola en ánforas, que no la deja hablar tapando sus ecos con agua estancada de bidé.

Barceló está con la "Danza de la muerte" de Lorca:
El mascarón. Mirad el mascarón
como viene del África a New York. (...)

En la marchita soledad sin onda
el abollado mascarón danzaba.
Medio lado del mundo era de arena,
mercurio y sol dormido el otro medio.

El lado del sol dormido de la ciudad-pintura civilizada está despertando a la embriaguez de la arena. La selva todavía tendrá que invadir las bibliotecas y chuparle el agua a las tuberías.

Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos.
Que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas.
Que ya la Bolsa será una pirámide de musgo.
Que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay, Wall Street!

El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo escupe veneno de bosque
por la angustia imperfecta de Nueva York!

Ya que no ha llegado el "muy pronto, muy pronto, muy pronto" lorquiano todavía, Barceló mira a África, al desierto que se mueve como los ríos, pero que cubre la pintura, que la entierra, en lugar de lavarla. El pintor encuentra un buen día un autorretrato olvidado en un rincón de su cabaña de Mali que, después de guardarlo durante veinte años, ha sido invadido por los hongos y por un nido de abejorros. Y parece que toda esta profecía se va cumpliendo en su mismo rostro, que la mano deforme de la naturaleza a través del pincel cubre ya catedrales y salas de oficinas, que naturaleza y pintura ya son una sola cosa y el artista solo un medio por donde trepar la yedra. Solo queda la destrucción y el olor a mango de la lava.

Cuando las termitas hayan devorado los museos. Cuando mis obras se hayan reducido a polvo. Si debe sobrevivir algún fragmento, ser hallado de nuevo, pido al cielo que sea una papaya abierta o la redondez de un vientre, y sobre todo que conserven algo del color (después de tanto tiempo) del fuego que me abrasa.

El insomnio, el viento que me arranca mis cuadros, el color y las horas de aburrimiento mortal. Y de pronto como un relámpago, una imagen, un olor, un algo que traspasa por un momento mi cuerpo, y una felicidad absoluta nunca conocida en otra parte.

Esto es el Mal de África.

DIARIO. Miquel Barceló.
4 de noviembre de 1994.

lunes, 7 de junio de 2010


No duermo. Planifico guerras todas las noches y luego las resuelvo diplomáticamente.

Hay un frío como de trinchera italiana por toda la habitación. Veo enormes mesas topográficas en el sitio de la cama y tacos de colores que son unidades de infantería avanzando sobre los Alpes y luego una pastorcica que se baña en el río en pelotas y que convierte el agua en leche de burra y a los generales que planifican el avance junto a mí en cerdos, como les pasa a los amigos de Ulises.

Nuestros amigos también son cerdos, pero pronto volverán a tomar la forma de intrépidos navegantes.

Eso J.A. lo sabe y se ríe de mí que escribo como el que está dando la vuelta al mundo, que no dice nada desde Tanzania a Bangladesh y de repente en Bután escribe sobre lo mal que huele su elefante. O sea alta literatura. Estamos encontrando nuestros aciertos, y después de mucho tiempo eso es difícil, es como darte cuenta que alguien te colgó en un bar una diana a la espalda para burlarse y que te has tirado todo un año haciendo el ridículo en los bares tratando de acertar con los dardos en la que estaba más lejos.

domingo, 6 de junio de 2010

Marc Chagall

Vuelvo de Maspalomas.

Lo mejor fue el último día cuando esperando a quien me llevara al aeropuerto tomo una cerveza en el piano bar. Estoy en la recepción de un apestoso resort y hay un pianista que se parece a Bebo Valdés y que se ha puesto a tocar Corcovado de Jobim mientras un banco de merluzos alemanes pasan por delante de él como si la música saliera en realidad de un altavoz que no se ve y estuvieran sometidos a la obligación de cruzar el océano de los resorts sin mostrar deferencia por nada, por miedo a ser devorados por los escualos. Yo aplaudo a cada canción, porque el silencio del hotel cuando termina el pianista de tocar es un silencio que me molesta, un silencio de impresora que imprime recibos y de camarero viudo que sigue picando hielo a pesar de que ésta era la canción favorita de su mujer. No tengo miedo a los escualos y voy disfrazado de pez mandarín. No tengo miedo a que el color me revele.

Este silencio se parece un poco al silencio del que vengo hablando en este blog. Como me he dado cuenta en seguida estoy haciendo compañía al pianista, que tiene cara de no estar muy a gusto, para que pueda seguir tocando una semana más sin sumergirse en el océano con pesos en los tobillos. Él también va disfrazado con una camisa rosa que probablemente odia. El color le ha dejado tirado en algún momento, pero yo sé que cuando llegue a casa le esperan sus cortinas de colores, esas que compró en un zoco de Tombuctú y que le vienen acompañando.

Creo que solo he visto otro tipo interesante en este viaje. El primer día voy a comprar tabaco al paseo marítimo, donde el faro. Hace calor. Un tipo pasea sin camiseta y tiene tres o cuatro cicatrices de heridas de bala en el pecho que se ha cubierto con crema de protección 50.

Mejor para el sol.

jueves, 27 de mayo de 2010


Hay un demiurgo colgado de una de las pasarelas de la estación que se ha pillado cuatro paneles de alumino y ha hecho una caseta para tener donde quedarse. El otro día vuelvo de noche y me lo encuentro detrás de la barraca que corona el descampado con la cara pintada de rojo bermellón y un pulpo crudo en la mano. "Soy el último sereno vivo" me suelta el jodido. Y acto seguido se pone a agitar las patas del pulpo como un manojo de llaves. Estuve por tirar las mías a la vía y confiar en la magia de su aparición.

Con todo lo que madrugo creo que no he visto amanecer ni una sola vez en esta ciudad entre semana. Cuando lo he visto ha sido con los ojos inyectados por esos pellizcos silenciosos del hada verde, en una de esas noches en que la puta del hada se agarra al rayo verde del amanecer y hacen un número de circo no apto para menores, y claro, yo queriéndome joder al hada termino solo con la persiana subida durmiendo a trompicones.

El demiurgo no piensa en el amanecer. Es el amanecer. Llega y tiende los jerseys que son ya de entretiempo y parece que se los haya robado a un muerto. Los pobres se mueren de noche y el bueno del demiurgo tiende de día para que el sol seque las manchas de baba de muerto. Luego con las almas y los cuerpos se hace un almanaque, y lo guarda para envolver la carne de los perros. Eso sí, si un perro se muere, coge su alma y se la lleva al sol para que no se ensucie. Y luego los católicos andan diciendo que el cánido no tiene de lo suyo porque ningún católico ha pisado el sol y ha vuelto para contarlo, que la luz al final del túnel va a terminar siendo que no ha amanecido y el tren ya tira camino de Nuevos Ministerios.

martes, 25 de mayo de 2010

IV. FRANK ZAPPA


Somos sátiros y estamos aquí para satirizarlo todo.
FRANK ZAPPA



Donde traduce "pasteles de cangrejo" en realidad debería decir "ladillas". Los falsos amigos siempre son más refinados que los verdaderos.

lunes, 24 de mayo de 2010


Tiene que haber existido alguien que, en algún momento y porque sí, haya decidido simplemente no caminar más y quedarse donde está.

De manera poco premeditada, quiero decir, simplemente alguien que esté caminando por una plaza concurrida después del trabajo, por poner un ejemplo, o por un puente sobre cualquiera de los ríos que cruzan cualquier ciudad, y que de repente decida sentarse en el borde de una fuente o en una barandilla y esperar a ver qué pasa durante unos días sin hacer nada en concreto. Yo a veces lo he pensado, y de verdad me pregunto: ¿vendría alguien a rescatarme?

Hay que pensar en que si es la ciudad en donde vives, antes o después, puede pasar alguien que conoces. Eso no puede ocurrir. Sobre todo no puede ocurrir que ese conocido te de igual, que sea un conocido al que tú no irías a rescatar ni de coña si le ocurriera algo parecido y te enterases. Otra cosa que tampoco puede ocurrir es que de repente te hagas famoso o algo por el estilo. No estoy pensando en esa mierda, de verdad. En lo único que estoy pensando es en quedarme de repente en un sitio anclado durante unos días de forma voluntaria, y luego de buenas a primeras, levantarme y seguir con lo que estaba haciendo. Me gustaría ver qué coño pasa, en serio. Yo creo que es posible quedarte varios días así, en esta situación y que nadie te dirija la palabra. Te llevarías ese secreto a la tumba, sería de los mejores que podrías llevarte: "Yo me quedé cinco días sentado en un banco de la Plaza de la Villa, de repente, y lo que vi allí no tiene nombre".

La cosa no debería costar ningún esfuerzo, quiero decir, hacer esta mierda no debería requerir ningún sacrificio, simplemente si alguien lo intenta alguna vez y se cansa, lo preferible sería dejarlo y llegar sin más un poco tarde al trabajo, sin más repercusiones. Porque yo creo que si haces ésto y al final consigues durante unos días olvidarte de que hay algo que en realidad tenías que hacer, luego vas y repites no sé cuántas veces, estoy convencido.

jueves, 20 de mayo de 2010

TWO LOVERS. JAMES GRAY


Menos mal que hay tios que saben hacer películas sin salir de su barrio. El mundo está lleno de directores de orquesta que no saben cómo se toca un triángulo.

Veo Two lovers de James Gray, que es un triángulo machacado y deforme, enfermo, reconstruido con trozos de otros triángulos más viejos. Maravilla, ¡qué sonido! Es la opereta de arena que molesta más tarde, cuando te quedas solo, esa que entra dulce por las orejas mientras nadas en el océano y luego no sale en la ducha ni a hostias y te deja un mes durmiendo con orfidales.

Luego vuelvo a mi casa, que no tiene barrio ni nada. Vivo en una casa sin barrio. Hay que joderse. Ha venido una chica y dice que me va a cantar un rato. Y resulta que por la oreja que se me ha quedado mala resuenan mejor los timbales del canto como en los riscos.

Esta noche los ejércitos de las tinieblas huyen por mi barrio inexistente, rezando plegarias en calzoncillos.

martes, 18 de mayo de 2010

III. JACQUES PRÉVERT


El escolar perezoso

Dice no con la cabeza
pero dice sí con el corazón
dice sí a lo que quiere
dice no al profesor
está de pie
lo interrogan
le plantean todos los problemas
de pronto estalla en carcajadas
y borra todo
los números y las palabras
los datos y los nombres
las frases y las trampas
y sin cuidarse de la furia del maestro
ni de los gritos de los niños prodigios
con tizas de todos los colores
sobre el pizarrón del infortunio
dibuja el rostro de la felicidad.

Jacques Prévert

domingo, 16 de mayo de 2010

La serenata. George Yepes


ARTE CHICANO

La actual frontera entre México y USA fue creada por una guerra: la méxico-americana (1847-1848). Después de entrar en México DF, los Estados Unidos hicieron firmar a México el tratado de Guadalupe Hidalgo por el cual los mexicanos cedían las tierras que son ahora Arizona, California, Nuevo México, Texas, Utah, Nevada y parte de Colorado y Wyoming, a cambio de 15 millones de dólares.

Así, la cultura de los mexicanos que quedaron en el territorio norte fue transformándose poco a poco, dando paso a una nueva identidad cultural, totalmente propia, pero que comportaba/compartía dos cuadros de referencia. Un siglo después de la construcción de esa frontera, empezó una profusa emigración del sur al norte que no ha hecho más que ir en aumento. Hacia 1960 el número de mexicanos trabajando en los campos de sus ex-tierras, pero sin ninguna cobertura social, era ya lo suficientemente grande como para que empezaran a exigir ciertas condiciones de trabajo. Es cuando nace el Chicano (término que refleja raíces precolombinas) Civil Rights Movement, con César Chávez como líder. Este movimiento pronto sintió la necesidad de disponer tanto de eslóganes como de una iconografía propia. En 1965 se unieron al movimiento estudiantes y artistas. Estos últimos inspirándose en los muralistas de su país de origen y en su voluntad de inmortalizar a los héroes populares, crearon una fascinante cartografía tanto antropológica como político-social.

Lady of the butterflies: Terra Nostra.
George Yepes



En los años setenta ya se les reconocía, en sus propias comunidades, no ya como artistas activistas sino como artistas a secas. No es hasta fechas relativamente recientes que han empezado a ser aceptados por Norteamérica como una potente y autóctona corriente artística.

Novia azul. George Yepes

Los creadores mexicanos están presentes en la escena artística estadounidense desde principios del siglo XX, a partir de la revolución de 1910, que desencadena el primer desplazamiento masivo de emigrantes. El Plan Espiritual de Aztlán marca el nacimiento del arte chicano, cuya primera etapa se extiende hasta finales de la década de 1970. Además del realismo ruso y mexicano, los artistas chicanos incorporan a sus modelos la revolución cubana. El muralismo arraiga especialmente entre ellos por la misma razón que lo había hecho entre los mexicanos: las óptimas condiciones climatológicas. En el caso de Los Ángeles, capital mundial del muralismo, se sumaba otro hecho importante: los kilómetros y kilómetros de muros construidos alrededor de las autopistas, enormes superficies visibles y aptas para pintar. Aunque ya configurada, la estética chicana no emerge con fuerza hasta 1977, cuando el National Endowment for the Arts decide prestar atención a un colectivo que combina activismo político e inteligencia creativa mediante las técnicas más diversas.

En el término Aztlán se reconocen exclusivamente una serie de artistas formados en los inicios del Movimiento, en sintonía con el llamado Plan Espiritual de Aztlán. Varios de ellos viven en Los Ángeles, la ciudad donde ha tenido mayor auge la corriente de pintura urbana que nos interesa subrayar. Habría que añadir que no nos centramos sólo en una ciudad, sino casi en un barrio: East LA, la zona considerada más dura, situada al Este de Los Angeles River.

Los artistas políticamente comprometidos de los años 60 han visto cumplirse muchas de sus reivindicaciones y objetivos: reconocimiento de la cultura autóctona, acceso general a los diferentes niveles de enseñanza, instauración de departamentos específicos y programas bilingües en las universidades, etc.
A pesar de los problemas pendientes, estos factores han permitido al creador dejar de tener como responsabilidad primordial servir de plataforma ideológica. En consecuencia, ha podido sumergirse en su estudio y explorar su intimidad.

Dreams of flight. David Botello

Habiendo alcanzado la pintura mural una significación tan marcada en sus comienzos —y el graffiti, telón de fondo constante en los barrios chicanos, puede considerarse una extensión del muralismo—, seguir la pista de algunos de estos pintores entraña un especial atractivo. Ante todo, continúan siendo figurativos, porque continúan queriendo ser espejo de una realidad social. Debido a la asociación preferente que se ha establecido entre jóvenes artistas contemporáneos y nuevos medios de expresión (performance, vídeo, fotografía, instalación…), la pintura chicana ha tenido pocas oportunidades de difusión.

Extraído de un folleto olvidado al fondo de un cajón que nunca leí.
La Casa Encendida. Madrid.

Páginas interesantes:
http://www.georgeyepes.com
http://www.thechicanocollection.net

viernes, 14 de mayo de 2010

"Me temo que en arte soy agnóstico".
Marcel Duchamp

Sospecharán algunos que quizá haya sufrido un ictus lacunar cerebral para ponerme a escribir en un blog de repente y sin previo aviso, yo que siempre he defendido las virtudes del botijo de barro enmohecido por encima de las de la aséptica botella de vidrio para hidratar los paladares. El caso es que llevo varios meses bastante interesado en las formas de expresión creativa que se cometen sin el beneplácito de las instituciones. Es decir, me impresiona que alguien al que le apetece escribir ya no precise obligatoriamente de las editoriales para hacerlo, sino que simplemente pueda limitarse a diseñar un espacio en la red y lanzarse sin preocuparse de las burocracias. También es cierto que siempre han existido (y esperemos que sigan existiendo) las octavillas, pero éstas se las lleva el viento y se escurren entre los barrotes de las barandillas mientras buscan los escotes de las porteras para anidar. Todo es en vano, al final se reunen en los pantanos, como los flamencos.

De todas formas, entiéndase, que el lomo de un libro es como el del caballo, tocarlo lo puedes tocar, pero otra cosa ya es domarlo. Y para los que nos gusta ver a los caballos galopar sin jinete, para aquellos a quienes la doma nos la trae floja, pues tenemos esta pradera para escribir con piedras y que se vea desde la carretera el nombre de nuestras novias. Me parece muy literario escribir en un espacio que está destinado en un principio a no ser leído. Me parece muy literario sentarme y que me lean, en todo caso, los cuatro amigos de siempre, porque total, el arte es inútil, y más todavía si lo que te gusta, si lo que defiendes desde siempre, es el arte íntimo.

miércoles, 12 de mayo de 2010


También las palabras son enemigas del trabajador. Pero no la palabra, que esa nos pertenece.

Ahora escribo mirando en el televisor el debate en el congreso, ya saben, en cada nudo de corbata veo un nudo corredizo donde apretar, veo una muerte que se desliza por la seda. Quizá a base de nudos podríamos devolverle a la seda sus gusanos. Construyen discursos numéricos que voy escuchando de fondo. También Apollinaire construía versos con trozos de conversaciones que escuchaba en los bulevares, pero no nos engañemos... Apollinaire era un gilipollas y yo tengo esta mañana la sangre demasiado caliente como para encima sentarme en las terrazas a esperar al señor de los mecheros.

Esto tampoco es nuevo. Lorca sabía que cuando la palabra se disfraza de polinomio hay un jornalero que se ahorca junto a su galgo. Lo dice en su poema, en "Vuelta a la ciudad" del Poeta en Nueva York: "Debajo de las multiplicaciones / hay una gota de sangre de pato; / debajo de las divisiones / hay una gota de sangre de marinero; / debajo de las sumas, un río de sangre tierna." También dice lo que todos estamos pensando: "No es el infierno, es la calle. / No es la muerte. Es la tienda de frutas."

Mientras las palabras pertenecen a la ciudad, y por eso Apollinaire era un poeta de palabras, puede que incluso a sabiendas, la palabra pertenece a la selva y a los bosques y supongo que a los animales también, aunque se la callen. La palabra quiere renacer, yo lo estoy viendo todos los días... pero quiere cobrarse su parte en sangre de palabras inútiles, desperdiciadas. Es justo que sea así. Al fin y al cabo, la naturaleza destruye y crea, nunca invierte.

lunes, 10 de mayo de 2010

II. MANUEL RIVAS

Begoña Tojo


Os voy a contar una historia. (...) No es un cuento. Es un sucedido. (...) "En un lugar llamado Mandouro vivían dos hermanas. Vivían solas, en una casa de labranza que les habían dejado sus padres. Desde la casa se veía el mar y muchos navíos que allí cambiaban el rumbo de Europa hacia los mares del Sur. Una hermana se llamaba Vida y la otra Muerte. Eran dos buenas mozas, robustas y alegres. (...) Como tenían muchos pretendientes, habían hecho un juramento: podían flirtear, incluso tener aventuras con hombres, pero nunca separarse la una de la otra. Y lo cumplían lealmente. Los días de fiesta bajaban juntas al baile, a un lugar llamado Donaire, adonde acudía todo el mocerío de la parroquia. Para llegar allí, tenían que atravesar unas tierras de marisma, con muchos lamedales, conocidas como Fronteira. Las dos hermanas iban con los zuecos puestos y llevaban en la mano los zapatos. Los de Muerte eran blancos y los de Vida, negros. (...)

Una noche, una noche de invernada hubo un naufragio. Porque, como sabéis, éste era y es un país de muchos naufragios. Pero aquél fue un naufragio muy especial. El barco se llamaba Palermo e iba cargado de acordeones. Mil acordeones embalados en madera. La tempestad hundió el barco y arrastró el cargamento hacia la costa. El mar, con sus brazos de estribador enloquecido, destrozó las cajas y fue llevando los acordeones hacia las playas. Los acordeones sonaron toda la noche, con melodías, claro, más bien tristes. Era una música que entraba por las ventanas, empujada por el vendaval. Como todas las gentes de la comarca, las dos hermanas despertaron y la escucharon también, sobrecogidas. Por la mañana, los acordeones yacían en los arenales, como cadáveres de instrumentos ahogados. Todos quedaron inservibles. Todos, menos uno. Lo encontró un joven pescador en una gruta. Le pareció una suerte tal que aprendió a tocarlo. (...)

Vida, una de las hermanas, se enamoró tanto de él en el baile que decidió que aquel amor valía más que todo el vínculo con su hermana. Y huyeron juntos, porque Vida sabía que Muerte tenía un genio endemoniado y que podía ser muy vengativa. Y vaya si lo era. Nunca se lo ha perdonado. Por eso va y viene por los caminos, sobre todo en las noches de tormenta, se detiene en las casas en las que hay zuecos en la puerta, y a quien encuentra le pregunta: ¿Sabes de un joven acordeonista y de esa puta de Vida? Y a quien le pregunta, por no saber, se lo lleva por delante". (...)

La escuché en una taberna. Hay tascas que son universidades.

El lápiz del carpintero.
MANUEL RIVAS
El molino encantado. Franz Marc

Leer un libro prestado en un lugar prestado siempre gusta más.

Este fin de semana ha sido un libro de Franz Marc de la editorial Taschen que me prestó G. mientras descansaba en Úbeda. Me he vuelto triste a Madrid, pero el tren ha venido lleno de corzos verdes y caballos azules, y luego yo ya he ido poniendo las blasfemias abstractas y la desconstrucción del domingo por la noche, como le pasó a Marc en la Navidad de 1913. El arte me lleva al huerto y luego yo voy y me pierdo, porque la campana de los perdidos de las ciudades no hay quien la aguante y se oye desde los trenes que huelen entrada la tarde a pimiento podrido.

Me quedo en el campo toda la semana. ¿Me habeis oido? No me vais a tener, ¡hijos de puta! Me vereis sentado en la mesa trabajando o atravesando el umbral de los despachos, pero esta semana no es para vosotros. Esta semana me quedo viendo "las olas del sol", como me ha dicho esta tarde la chica que me guarda los pinceles.

domingo, 2 de mayo de 2010

I. ENRIQUE VILA-MATAS


SERGI PÁMIES:
Dice que (...) la desesperación es elegante. ¿Aún hoy?

ENRIQUE VILA-MATAS:
Mi idea era la de ser artista. Y creía que para ser un artista como dios manda había que vestir de negro, estar siempre desesperado, ser delgado y leer a Lautréamont en las terrazas de los cafés. Alimenté este equívoco durante años hasta que me dí cuenta de que la alegría también existe. Es una ironía acerca de tantos jóvenes malditos, aunque no contra ellos, porque todavía los admiro. Pero yo he perdido bastante contacto con la delgadez y me acerco más a la figura de novelista gordo. Lo cual tampoco está mal, porque yo diría que los novelistas tienen que ser gordos y los poetas delgados. Parece que la flacura está más relacionada con lo poético y lo espiritual, ¿no? No sé, vaya usted a saber. Igual es al contrario.

Entrevista a Enrique Vila-Matas.
BABELIA 18-10-2003

viernes, 30 de abril de 2010

He soñado en la siesta que estaba solo en un barco, vestido con harapos, y con la cubierta llena de cajas de limones podridos.

Después de mucho rato, entraba en la bahía de San Juan del Sur, era pleno día y un faro en lo alto emitía una luz negra que guiaba al barco hacia una cueva en las rocas. Allí encontraba un lago interior y gente rompiendo las estalactitas para hacer punzones con los que cegar a otra gente. Después, cuando ya me iba, me ha despertado el teléfono. Creo que he contestado de mala hostia, y me he ido a la nevera para cortar un limón en rodajas y comérmelo en el sofá. Es la primera vez que me como medio limón sin nada más, en serio, y ahora me duele el estómago, pero creo que lo he hecho porque en el sueño estaban todos podridos, por joder al "tejedor de sueños".

jueves, 29 de abril de 2010


Hemingway ve un presagio de muerte en las cumbres nevadas y perpetuas del Kilimanjaro y yo veo un presagio de muerte cuando nieva encima de lo que sea. Los masai llaman a la cara oeste del Kilimanjaro "la casa de Dios", y si me paro a pensar en algo a lo que yo pudiera ponerle ese nombre, de verdad que no se me ocurre nada. Es llamativo que para los cristianos la naturaleza nunca sea "la casa de Dios", solamente los templos. Además da igual que sean feos o bonitos, porque cuidado que hay parroquias de barrio feas como un demonio, sobre todo esas iglesias pseudo-geométricas construidas por arquitectos ex-seminaristas de buena familia y formación alemana.

Al final va a ser verdad lo que dice Ratzinger, que el cristianismo ese de guitarra, bajo eléctrico pulsado con ternura y pandereta no existe, que eso es un teatrillo de barrio para maricones. Yo que, como decía Umbral, soy un viejo niño católico, creo que no sería un descreido si mis padres me hubieran llevado los domingos a templos de enjundia. Si tu oyes misa en Notre Dame todos los domingos, con ese órgano resinoso cacareando, creo que al final terminas creyendo en Dios, lo digo de verdad (todo el mundo sabe que Dios es un órgano y ya está). De esto me di cuenta en el último viaje a Roma en que escuchamos unos cánticos al atardecer dentro de la iglesia de la Trinitá dei Monti, la que corona las escalinatas de la Piazza de Spagna, unos cánticos magníficos; como un coro de velas las monjas cantaban de espaldas a todo el mundo y a mi me pareció de puta madre. Ya vale de tanto evangelizar, hostias, yo canto para mi Dios, y tú si quieres miras y si no te vas.

Las parroquias de barrio han terminado jodiéndolo todo; a mí me parece bien porque, por mucho baldaquino que nos cubra los altares de las nieves africanas, tampoco me gustaba mucho que la naturaleza se quedara sola en el río los domingos por la mañana. No sé por qué, pero siempre he querido tener un órgano de tubos largos en el jardín de mi casa.

martes, 27 de abril de 2010

Me gustaría aprender a pintar en los vagones y en los túneles. A maniatar a quien lo impida.

Los chicos del barrio están jodidos porque saben que su lienzo está en el óxido y en el ladrillo invisible, y aunque aman el óxido y la oscuridad por encima incluso de sus madres, hay que joderse, que no tienen otra cosa. No quieren saber nada del tétanos ni de otros miedos superficiales. Saben que la muerte está mirando desde la pared blanca de una tienda de regalos. Alguien debería iluminar las estaciones con hogueras por la noche y dejarles hacer en lugar de soltar a los perros de ojos amarillos. Yo bajo de la sierra y miro los vagones repletos de cabezas naranjas de sapo, de violines de espinas de pescado, de las cabezas de apache emplumadas y de esas sirenas de cola púrpura con los dedos amputados y vendados que cubren el aburrimiento de los raíles.

Estoy hasta los huevos de los museos. Hay un vagón en Fuencarral metido dentro de una cochera sólo hasta la mitad. Imagino a una cuadrilla empujándolo a brazo partido, para después olvidarse y dejar que la lluvia tuviera su trozo. Tenemos la vida agazapada en las cavernas de la ciudad y creo que hasta le da pena que hayamos renunciado a nuestros enemigos.

lunes, 26 de abril de 2010

Prefacio

Salpicón de Pterodáctilo supongo, porque me gusta la gastronomía de la extinción.
Salpicón de Pterodáctilo, porque ninguna dama de la alta aristocracia lo elige como entrante para la boda de su hija (esa que en la facultad era ninfómana y que ahora es multiorgásmico-sensible cuando desayuna sobre el piano de cola del salón) aunque lleva milenios en el menú.
Salpicón de Pterodáctilo, porque se volverá el caviar de la era robótica (nosotros aquí seremos esos pobres pescadores del Caspio que desayunan hormonas de pez conspirando para acabar con el zar).
Salpicón de Pterodáctilo, porque es que ahora se come de todo, aunque huela a puta mierda.
Salpicón de Pterodáctilo, porque la propia palabra lo dice... ni uno solo de esos jodidos pterodáctilos podría acertar a coger ni un miserable trozo de la fuente.