Disparó el sol sus rayos
pues corría sola.
Cayó, inerte y alargada,
quemada
en salpicaduras.
La arena inició un acoso
con extrañas criaturas que reptaban.
Quedó a merced de los recuerdos
que la salvasen de su cuerpo seco.
Grano a grano
como un polen se posó
con el restregar del viento.
Primero cubrió sus partes más bellas.
Después dejó algunos pedazos de carne invisible
y unos brazos
que me rodearon en los días
en que amamos
las figuras enturbiadas de calima.
No hablo del paso del tiempo,
hablo para ella.
Hablo de la arena que precipitó
como niebla
para resguardarla.
No importa ahora que nos sequemos despacio.
Mi mente está concentrada
en elevarla del subsuelo:
necesito otro cuerpo
en la ventisca,
pensando en que vuelva en sí,
sola entre las escamas.
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jueves, 18 de septiembre de 2014
lunes, 28 de julio de 2014
Puedo quedarme en vela unas doscientas noches seguidas, con todas sus horas valiosas, una detrás de otra; puedo contar las luciérnagas y apagar la luz de sus morros una a una, manchando las paredes encaladas con zumo de carne y luz. Mis células vuelan desesperadas, como moscas enormes, con la salida imposible un poco más allá de las narices. Se meten en los enchufes con el crepúsculo, crecen nuevas venas desde la esquina de mi salón y floto sobre el tendido eléctrico con el pelo de los huevos erizado. Soy la anguila de la ciudad, que compite por la hegemonía de la luz. Mi cuerpo se ha transformado en una máquina de libertad. En una máquina de expender sándwiches, inexperta. El vuelo de mis brazos y mis piernas para siempre, en el tren que huye de la casa de mis padres, sin tocar el suelo, desde el último vagón al primero, impulsado por los molinos de viento blancos que afean las colinas. En todos los lugares, finalmente, hay electricidad contra la que aplicar un buen chorro, una riada; después ya el chispazo orgánico y será noche cerrada.
miércoles, 7 de agosto de 2013
"- What have you done all this time?
- Going to bed early".
Once upon a time in America.
07 de agosto, 2013 (lo repito porque merece la pena resaltarlo).
Me jodieron mi "proyecto literario personal" y apareció la traducción al español de Doctor Sax, con lo que tuve que volver a las muchedumbres y al inglés pluscuamperfecto de los tratados médicos. J.A. se quedó en Zaragoza con lo que perdí la esperanza de ver a diario a mis amigos. Resucité unos cuantos niños por el camino, algunos vivieron solamente unos pocos segundos más. Limpié las lágrimas de C. con una camiseta diferente cada día, las mías las dejé caer directamente por el váter, y hemos estado demorando la vieja promesa de morir defendiendo algo. No he escrito poesía ni escuchado discos memorables, solamente he seguido leyendo en los autobuses como el viejo que desayuna obleas sin consagrar. He dado algunos consejos que terminaron no sirviendo para nada. Algunos viajes fugaces y en realidad sin compañía: una visita al Lago de Como, un gelato al limon, un hostal barato en Londres muy cerca de las vías y mucha gente triste por todas partes, subiendo maletas, esperando una hamburguesa, sacando fotografías de niños con banderas. Ni una sola noche bien dormida, jornadas de 32 horas de trabajo. Unas vacaciones en la terraza y una tarde que pasé en la piscina municipal hace unos días. Sputnik, la perra, ya está con nosotros. Su nombre en ruso significa "compañera de viaje".
jueves, 30 de junio de 2011

Yo no tengo la culpa de que mis cuadros no se vendan. Pero llegará el día en que la gente reconozca que valen más que el dinero que costaron los colores para pintarlos.
VINCENT VAN GOGH
Muchos días fuera de Madrid. Participé de la fiesta del arenque en La Haya después de visitar el museo Mauritshuis. Soy un fetichista en lo que a pintura se refiere, paseo por los museos y converso con los óleos. Hago propuestas indecentes a las molineras holandesas, jugueteo con las cofias henchidas de nido de abeja, respondo a los brindis de los marineros más impertinentes, siento apetito con los bodegones de caballas y limones. La pintura holandesa siempre fue una pintura para el pecado. Los lienzos de Jan Steen, al que no conocía, son pura pintura picaresca. Allí los niños fuman a escondidas, los ancianos ofrecen monedas a las jóvenes buscando complacencias... todas las bebidas se derraman. Y todo ello al detalle. Con la misma atención que pudiera poner una tejedora en enhebrar la aguja, Steen juguetea con vicios y calamidades.
Rembrandt y Haals desfiguran el rostro, de alguna manera. A veces te preguntas hasta qué punto la modernidad en el arte no surge de la presbicia de los maestros barrocos. Algún oftalmólogo-forense debiera estudiarlo. La enfermedad acuna al arte y le enseña las primeras palabras, los primeros pasos.
Holanda es arenque y lira. El mar huele a ballenas muertas, a manteca de pez. Acudí acomplejado con un libro de Vincent bajo el brazo, él que creció en las playas de Scheveningen, donde yo tenía mi pensión. De nuevo un viaje con un libro de pintura de G. en la maleta, ese buen amigo, cabrón, que ya ni me lee.
He vuelto al barroco como se vuelve al primer amor. Ahora escucho a Vivaldi más que nunca, merced a mi amigo D. y en recuerdo de unos días de retiro en Salobreña y las Alpujarras. Van Gogh es un hijo del barroco. Cuando todos miran acomplejados el cénit de los impresionistas, él traduce la palabra de Dios y la convierte en color y en movimiento. Es su forma de arrinconar demonios, soledades. El alcohol tiene alma, como la tienen los esclavos. Una gota de cogñac se nos pierde en la garganta y va al cielo de los vagabundos para componer arcoiris. Van Gogh es hijo de Dios como la vagina es obra de Dios.
El agente naranja no sabemos de quién es obra, pero tenemos a Van Gogh que amaba el amarillo por encima de todas las cosas, y, bueno, ha estado pasando estos días con nosotros.
lunes, 30 de mayo de 2011

Aprendiendo a tejer telas de farola en farola, vamos quedando atrapados de pies y manos, todos juntos, en una masa orgullosa, por una especie de moco arácnido que viene del cielo en forma de maná. Queremos sentirnos tranquilos, creemos que aún tenemos tiempo porque todavía no ha aparecido quien nos devore, ni siquiera han insistido demasiado en sus letanías sobre la idoneidad del estado de derecho. Como Penélope, deshilamos por la noche en secreto confiando en que el tiempo jugará en nuestro favor. El destino es un demonio blanco que solloza bajo un melocotonero.
Los ojos de Telémaco llevan siglos llorando sobre nuestros tejados de topless y de geranios. ¡Recuperemos Ítaca, soldados! ¡Ningún guerrero luchando bajo mandato! ¡Ninguna mujer sola y sin abrigo, para siempre!
jueves, 28 de abril de 2011
miércoles, 13 de abril de 2011

Escribo mientras acaricio el vientre amarillo de mi precioso caimán de plástico, del color del curry. En una de las franjas horizontales de sus cartílagos ventrales pone, en letras casi inapreciables:
2007. WING CROWN. CROCODILE. MADE IN CHINA.
Siempre he tenido caimanes de plástico, desde que mis padres compraron mi primer caimán en una tienda a la orilla del mar. Esta tarde iba a ir a pasear al parque porque el día estaba precioso y todo eso, y yo estaba algo jodido por el trabajo de hoy, porque he salido tarde y he tenido que hacer parte del trabajo de una vieja que ya sólo va para quejarse y marcharse lo antes posible, condenando la felicidad laboral de nosotros, los jóvenes con esperanza, pero al llegar a casa el caimán ha empezado a llorar como un bebé hambriento y a poner ojos así como de caimán de plástico sin vida y me he obligado a esperar al anochecer. Por tanto escribo algunas cosas que vienen pasando ultimamente.
1. J.A. y yo nos disponemos a escribir un guión de cine. Lo decidimos el otro día espontáneamente entre tinto y tinto de verano en una terraza. El viernes tengo que enviarle sin falta los 10 mandamientos del proyecto, unas cuantas premisas que pueden ser incumplidas en cualquier momento por cualquiera de los dos. Seguro que este proyecto sin fundamento llegará a buen puerto, el único afán es el de construir una historia lo más excéntrica posible y alejada de las posibles interpretaciones del post-modernismo. Quizá éste sea el primer mandamiento, como dijo Dios, el más importante, del que derivan todos los demás, el que puede incumplirse de la manera más fea.
2. Tengo pendiente ir a la Academia de cine para ver Une Giraffe de Buñuel, un proyecto que han recuperado unos cuantos sobre un poema visual diseñado con Giacometti. Seguro que al final se me olvida y me molestará al darme cuenta.
3. El otro día fui al mercado y me desenvolví con soltura. C. se sintió orgullosa. Calculo a la perfección los gramos necesarios para todas las comidas. Fresas, puerros, muslos de pollo, sólo se me fue la mano con las acelgas y ahora necesito 15 amigos que vengan a degustarlas. Al caimán no le gustan ni ver, ofreciéndoselas giró la cabeza y balbuceó contrariado: "Matafrailes". Este caimán domina el argot de los pueblos de Teruel con una facilidad que me deja helado.
4. Asistí a la exposición de Chardin del Prado la misma mañana en que J.A. estaba chapoteando en calzoncillos en una ciénaga de la pradera de San Isidro, después de una noche de alcohol y drogas psicotrópicas. Me gustaron los bodegones de Chardin, los primeros son magníficos, con rayas y arenques y platos de ciruelas y gatos acechándolos de pelo erizado. También los que pintó en los últimos años, aunque éstos ya parecen una ofrenda de gratitud, una despedida del mundo, mientras que los primeros tienen la frescura de una mesa lista para comer preparada por un Caín ingenuo, por un pastor pobre que está a punto de recibir el rechazo del Dios de sus padres.
Pasé después por Goya y juro que miré La pradera de San Isidro un poco molesto, no sé, decepcionado, quizá por no haber asistido a la fiesta, al amanecer.
sábado, 26 de marzo de 2011

EL BRILLO DE LO AUTÉNTICO (JOSEPH ROTH)
Hallándose Zadie Smith dando unas clases de literatura en la India, en la ciudad de Madrás, un alumno le preguntó por qué tenía tantas ganas de agradar. Creo que éste es el tipo de pregunta que puede obligar a casi todo el mundo a pensar, quizás porque antes de responder conviene revisar el estado de nuestras relaciones con el fracaso, al que tanto tememos. De hecho, queremos agradar porque no nos gusta fracasar y que el destino nos de la espalda. Hay dos formas distintas de derrota: ante los demás, ante nosotros mismos. Fracasar ante los demás, si uno tiene humor y ganas de vivir, carece de importancia porque depende exclusivamente del estúpido o desinformado juicio de los otros. Pero el otro tipo de fracaso es mucho más duro, sobre todo si incluye la traición a nuestra propia moral, a nosotros mismos.
Al comentar la pregunta de Madrás y reflexionar sobre el fracaso, escribe Zadie Smith: “Quienes como yo han crecido bajo el signo de la posmodernidad observamos con escepticismo el concepto de autenticidad. Se nos enseñó que ésta no tenía sentido. Ante esto, ¿cómo asumir el hecho de que para un escritor el fracaso más profundo, el más auténtico, es el de la traición a uno mismo?”
Esto sitúa al concepto de autenticidad en estado de relectura. ¿Pasó a ser lo autentico un concepto trasnochado y rústico cuando se impuso la tendencia moderna a tener muchas personalidades en una sola alma? Está claro que si uno, por ejemplo, es muchos poetas al mismo tiempo, difícilmente va a preocuparse de haber traicionado flagrantemente a una de sus personalidades. Quizás esto explique que hoy en día, cuando los escritores admiten fracasos, generalmente les guste reconocer sólo los pequeños. Es muy fácil aceptar que hay frases que chirrían, que dan pura vergüenza, pero más complicado resulta enfrentarse al hecho (escribe Smith) “de que hay libros completos que escribimos sonámbulos y para los que ‘inauténtico’ sería el calificativo más apropiado”.
La palabra ‘inauténtico’ nos trae a la memoria la hoy en día tan apagada y supongo que pasada de moda “filosofía del arte”, una manera de ver las cosas que percibe al acto creativo como una manifestación implícita de fidelidad del autor a su mundo propio y no a valores externos a ese mundo como podrían ser la tradición histórica o el valor comercial. De lo autentico y del gran fracaso que conlleva la traición a uno mismo que provoca la implacable venganza del destino habla El Leviatán, imprescindible libro de Joseph Roth que cuenta la historia de Piczenik, un comerciante de corales de la ciudad de Progrody que ama los corales auténticos, criaturas del pez original Leviatán, y sin embargo no sabe resistir el falso engaño de los falsos corales de celuloide. Sólo una nostalgia ocupa su corazón: nostalgia de la patria de los corales, del mar. Cuando aparece el diabólico Lakatos, un vendedor de corales falsos, Piczenik se aviene a comprar algunos, mezclándolos con los suyos; entonces el destino le vuelve la espalda. Todo el relato tiene la ejemplaridad de la parábola. Quien traiciona lo más auténtico de él mismo, está perdido.
La relectura de El Leviatán me confirma que es una obra maestra que cada día nos recuerda más a la situación actual de lo literario en un mundo en el que hasta la prensa cultural, de forma más que alarmante, está arrinconando las noticias sobre libros. Se dedican grandes reportajes a los avances digitales, al inquietante futuro de internet, al peligro de que se extingan los textos impresos, pero nadie parece hacer mucho para seguir hablando de libros con la normalidad de antes: o se habla de que éstos van a desaparecer, o ya directamente no se habla y se prefiere llenar páginas con un modisto nazi, por ejemplo. Creo que, de vez en cuando, convendría que alguien comentara con mayor amplitud lo que se edita entre nosotros, incluso que explicara algo que es completamente autentico, una noticia bomba que diría una gran verdad: jamás se ha editado como ahora, con tanta pasión y con un nivel –si nos acordamos de las editoriales independientes- altísimo, un verdadero punto elevado en la historia del libro en nuestro país. Y eso a pesar de que esa industria tiene que convivir con los advenedizos que, alejándola de la autenticidad, es decir traicionando a los corales verdaderos, la llevan hacia un clima de fin de trayecto. Ese clima conecta con la traición a sí mismo del comerciante Piczenik y desde hace tiempo va llevando a la vieja Poética hacia un paisaje de desastre que hace temer que al final, por la vía directa de tanta ruina moral, el destino acabe dándonos la espalda.
Todo esto me lleva a recordar cuando Alberto Manguel apadrinó la palabra “prístino” a la hora de seleccionar una del idioma castellano que precisara ser rescatada del olvido. Sus razones fueron: Se refiere a lo que perdura en el tiempo con vigor y tiene el brillo de lo auténtico. Atribuye un resplandor especial. En estos tiempos de simulacros y falsificaciones, es una palabra que no encuentra fácilmente dónde posarse. De manera que lo prístino se oculta detrás de sinónimos difusos: primitivo, antiguo, original. Más que un arcaísmo es una palabra que debe esperar para ser usada. Esperemos”
Viendo que entre nosotros se va poniendo de moda el engaño, el fraude artístico –el homenaje hispano tardío a Fake de Orson Welles, por ejemplo-, la poética ya trillada de lo heterónimo, el remake que traiciona el espíritu de lo imitado, lo cibernético como ilusoria acreditación de modernidad, todos los tópicos de una posmodernidad que llega a nosotros tan tarde (castizos comentaristas vernáculos registrando ahora la existencia de la ‘autoficción’ cuando ésta pasó a mejor vida hace más de dos décadas), uno termina por decidir que lo mejor será permanecer en lo auténtico que tiene todo camino propio. A fin de cuentas, seguir esa vieja senda permite alejarse de estilo ramplón, trillado, inane, de tantos escritores americanos que surgen de los departamentos de literatura creativa, llena de fórmulas y carente de una sola voz auténtica. Y, además, permite no tener que pensar más en recurrir a aquello de lo que hablaba Auden cuando decía que los artistas cambian de visión del mundo para renovar su poética. ¿Para qué renovarla si eso no garantiza ser moderno y si, además, ser moderno es una cuestión sólo de clasificación, enteramente ajeno a toda valoración artística?
En todos los tiempos históricos ha habido una modernidad, pero ésta, como tan razonablemente explica Félix de Azúa en su Diccionario de las Artes, no puede conocerse hasta el siguiente momento de la modernidad: “En el siglo XII, por ejemplo, la modernidad de la construcción gótica cortaba con la construcción románica, la cual se veía, de ese modo, lanzada al pasado. Pero que el gótico iba a ser la modernidad del siglo XII es algo que sólo se supo después” A fin de cuentas, nadie puede saber en qué consiste la modernidad del momento presente y de nada sirve que algunos se presenten con esa etiqueta. Es más, cuando haya desaparecido el momento presente, se habrá presentado una nueva modernidad. En medio de ese panorama, la autenticidad parece una carta menos necia si se quiere innovar en medio de la monotonía de lo falso y asegura, de paso, la no traición a nuestro camino de siempre y a nuestra poética inamovible y hasta nos aleja del fracaso más temido, el fracaso más autentico, aquel que amenazaría con destruir lo que debería ser indestructible: nuestro “prestigio propio”.
ENRIQUE VILA-MATAS
viernes, 11 de marzo de 2011
One foot in the grave me lo envió por correo una mujer que vivía en Leicester, en una barca repleta de begonias que había amarrado en un lateral del canal aquel mismo año. Fue mi profesora de inglés ese verano. Junto a la copia del disco de Beck me mandó una postal con la Mona Lisa de Basquiat. Decía que de vuelta a su barca de Leicester la había encontrado con todas las flores muertas, porque la vecina que le iba a cuidar las plantas había tenido un accidente con el coche y estaba en el hospital. Luego no supe si se había puesto bien. Creo que cogió la barca y se la llevó a otra parte. Yo le envié alguno de mis discos por si le podían animar, discos de flamenco sobre todo. Unos meses después los encontré de vuelta en mi buzón, con aspecto de haber estado largo tiempo en el fondo de un cajón.
Hacía años que no escuchaba este disco que lo creía perdido. Las mejores canciones son Sleeping bag, Cyanide breath mint, See water, Asshole, Outcome y Girl dreams. En mitad de una canción se escucha al bajista toser, en otra se cansan de tocar a mitad y lo dejan, pero todas las canciones tienen un talento incuestionable y son inexplicablemente breves. Es justo el disco que necesitaba para esta mañana y además así he recordado a la persona que me lo descubrió, esa completa desconocida que cambió su barco de lugar.
Nota: El fotograma que ilustra es de la película L'atalante, de Jean Vigo, que precisamente he visto esta mañana. En ella, una mujer joven de pueblo se casa con el capitán de una barcaza que recorre el Sena y éste se la lleva a navegar por el mundo. El segundo de a bordo es un viejo marinero que duerme debajo de los dientes de sierra de un pez sierra y que tiene el camarote repleto de marionetas y recuerdos de los puertos del mundo.
A veces no sé si es el mundo o mi propia cabeza la que pone de acuerdo a las cosas para animarlas a aparecer al mismo tiempo.
miércoles, 5 de enero de 2011
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| Two comedians. Eduard Hopper |
En la última mesa de un insulso McDonalds rodeado de conversaciones a voz en grito, salvando cada página de la salpicadura de las salsas de colores, retomo la lectura un tanto postergada del viaje de Ferdinand Bardamu. Dejé a Ferdinand en Nueva York y hoy me he despertado con la obsesión imparable de rescatarle. Se había quedado atrapado en la página 260, asqueado con el ruido de la ciudad y con esta vida que oculta todo a los hombres. Ahí estaba gritando desde lo alto de un rascacielos: "¡Socorro! ¡Socorro!", para poner a prueba la compasión de los transeúntes. Se la suda. Se la suda.
Es un viejo hijo de puta, Ferdinand. Todos lo sabemos. Ha sido víctima de todas las cosas, de todas las fiebres, de todas las verrugas genitales, de todas las humedades y mordiscos que pueda ofrecer una trinchera. Ha sido el marginado, el loco, el indecoroso, el pequeño miserable que no merece ni el esfuerzo de ser noqueado por sus enemigos, a su vez irrelevantes. Y entonces, después de todo un relato de parsimonioso recelo ante todas las posibilidades de una vida, esta declaración de amor:
Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada más que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.
Años pasaron desde aquella marcha y más años... Escribí con frecuencia a Detroit y después a todas las direcciones que recordaba y donde podían conocerla, a Molly, saber de su vida. Nunca recibí repuesta.
Ahora la casa está cerrada. Eso es lo único que he sabido. Buena, admirable Molly, si aún puede leerme, desde un lugar que no conozco, quiero que sepa sin duda que yo no he cambiado para ella, que sigo amándola y siempre la amaré a mi modo, que puede venir aquí, cuando quiera compartir mi pan y mi furtivo destino. Si ya no es bella, ¡mala suerte! ¡Nos arreglaremos! He guardado tanta belleza de ella en mí, tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años aún, el tiempo de llegar al fin.
Para dejarla, necesité, desde luego, mucha locura y un carácter chungo y frío. Aún así, he defendido mi alma hasta ahora y Molly me regaló tanto cariño y ensueño en aquellos meses de América, que, si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros.
Años pasaron desde aquella marcha y más años... Escribí con frecuencia a Detroit y después a todas las direcciones que recordaba y donde podían conocerla, a Molly, saber de su vida. Nunca recibí repuesta.
Ahora la casa está cerrada. Eso es lo único que he sabido. Buena, admirable Molly, si aún puede leerme, desde un lugar que no conozco, quiero que sepa sin duda que yo no he cambiado para ella, que sigo amándola y siempre la amaré a mi modo, que puede venir aquí, cuando quiera compartir mi pan y mi furtivo destino. Si ya no es bella, ¡mala suerte! ¡Nos arreglaremos! He guardado tanta belleza de ella en mí, tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años aún, el tiempo de llegar al fin.
Para dejarla, necesité, desde luego, mucha locura y un carácter chungo y frío. Aún así, he defendido mi alma hasta ahora y Molly me regaló tanto cariño y ensueño en aquellos meses de América, que, si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros.
sábado, 18 de diciembre de 2010
El sol se levanta como una hogaza de oro sobre Pfeiffer beach.
La roca enhebra la luz por donde anidan los cormoranes.
Yavé me ha revelado en sueños el advenimiento de la ola perfecta.
La arena es inconclusa, como los hijos de Abrán.
Tengo unas pocas horas para aprender el arte del surf.
¿Qué hacer con las profecías cuando eres torpe y la luz irrepetible?
lunes, 22 de noviembre de 2010
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| Banjo Sailor. Chad Elliott |
Abro una botella de vino blanco y escucho un programa de bluegrass en la radio.
Yo sabía que la radio tenía que volver en algún momento a llenar el silencio de mi noche en las buhardillas. Este silencio se mueve por aquí con un ánimo de culo de camello en la noche del desierto, incrédulo del frio, casi hambriento de animales desconocidos, con un hambre que hace desgarrar y quebrar huesos a los propios herbívoros. Las cepas sin pellejo bailotean con los pastos azules de Kentucky y ya no echaré de menos las luces amarillas del televisor, ahora que todos los programas los recuerdo con una asepsia de diferido, ahora que quiero el instante vivo de la radio, el error del sonido entrecortado.
Una canción termina y el locutor, que tiene voz de haberse quedado dormido soñando con lolitas, enumera las anécdotas de vida de estos hombres de música y yo así como ensimismado recuerdo ese párrafo de Henry Miller en que dice que acariciar un coño es como tocar el banjo.
jueves, 23 de septiembre de 2010

Veo la fotografía de la nueva prosa joven catalana sentada en los escalones de madera de alguna biblioteca antigua y parecen monologuistas del club de la comedia. Ahora se ponen nombres a las generaciones para quitarles importancia, nombres de marcas de ultramarinos. Les ponen nombres imbéciles para no nombrar lo imbéciles que resultan. Las generaciones antiguas también tenían mucho de corporativistas, pero algunos se reunían en los cafés y se sajaban las tripas a machetazos o se robaban las novias los unos a los otros para luego reconocerse misóginos cuando no homosexuales. Se dice en el artículo adosado a la tal fotografía: "no se leen entre ellos, no se conocen, dialogan más con los autores muertos y en cambio eso es muy necesario para ver qué hace tu lengua, para intercambiar elementos de la cocina de cada autor: ver quién busca qué y por qué y qué pretendía con ello". En resumidas cuentas: Las generaciones cada vez menos verdaderas, cada vez más aburridas, resultan cada vez más convenientes para el conjunto editorial.
Los editores son el segundo pedazo de mierda más grande de este jodido mundo... después de los escritores. Porque ante el constante ninguneo que los escritores sin libro reciben por parte de los cose-folios, y estamos hablando de gente que escribe bien de verdad, éstos responden con verdadera ilusión, con verdadero "masoquismo de autor", al ver su obra consagrada por fin en la editorial de turno con cuarenta imbéciles más que en lugar de buscar nuevas vías de distribución literaria, se conforman con las antiguas que ya cayeron en manos de los proxenetas, estos organizadores de orgías literarias donde todo es vergüenza y timidez y flacidez, donde no hay estancias para la intimidad de cada uno, donde no se jode como es debido a pesar de la indecencia, porque todos somos, en el fondo, hijos bastardos de la vieja literatura, pero además hijos fallidos, hijos pródigos que ni siquiera vuelven a casa de vez en cuando para discutir.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
sábado, 11 de septiembre de 2010

El ciudadano común, el ciudadano aburrido va acaparando las primeras páginas de los periódicos y cuanto más dinero quiere agasajar con el escándalo más entretiene al personal. Antes aparecía solo muy de vez en cuando, el pobre, en las esquelas y poco más. Algunos hasta varias veces, no solo con la muerte. Lo de los aniversarios en las esquelas debería restringirse, pienso yo, porque últimamente parece que no se muera nadie... todo son aniversarios y ni uno nuevo incluyen en el almanaque de los siglos. Y es que los vivos saben que hay que volver a los ritos gratuitos en este valle de lágrimas.
Yo, ahora que la ciudad se está volviendo after-pop, estoy pensando en abrir una revista con esquelas de todos los colores. Un aviso de muerte psicodélico siempre engrandece más la vida que la mierda esa del ABC que ya es muerte pasada de moda y que además no cumple con el objetivo publicitario que es la esquela mortuoria, terreno donde se infringen todas las leyes básicas de la publicidad. En mi revista estarán prohibidas las esquelas de aniversario, porque eso es matar dos veces al director gerente y ni un solo capullo hay que lo merezca.
Algunos personajes estarán prohibidos en mi revista, claro está, queda reservado el derecho de admisión. Se va a vender en kioskos y habrá curiosidades y novedades todas las quincenas, epitafios célebres de humoristas muertos, entrevistas y reportajes de las funerarias que más innoven. Además la llamada al luto deberá ser curiosa:
Todos los que quieran hacer una pausa en sus vidas para mostrar afectación por la muerte de ... y así recordarle deberán reunirse el miércoles al atardecer en la colina de las Vistillas vestidos de riguroso naranja con una mazorca de maiz en la mano derecha.
A veces es que a la muerte hay que tomársela con alegría, sobre todo si es la de uno mismo y no hay muchos allegados.
jueves, 9 de septiembre de 2010
Los poetas se esfuerzan en dotar a la calle de romanticismo urbano, como si el verso saliera del grifo de las fuentes para mojar la bragueta de los duques. Leo en los autobuses los carteles de "Poesía en la calle", "Ni un día sin Poesía" y mierdas por el estilo, donde algunos poetas suenan horteras ya a las 7 de la mañana. El hastío conviene a la poesía como el granizo conviene a las urracas porque pela los campos de garrotes y seres humanos. Algunos poetas existen que suenan cojonudo siempre y que sirven de referencia moral para el que madruga o el que se acuesta de día, que en realidad es el único que necesita colgar poesía sobre la cama como un Santo Cristo de Limpias.
Yo tenía santos y cristos en la mesilla a los que les faltaban los dedos porque habían estado enterrados cuando vinieron los rojos. Algunas veces hasta me hablaban en las noches de la fiebre y siempre les mostré respeto por lo de enterrados en vida. Hubo un momento que me dijeron: "Chaval, ya tienes 14 años y no te vas a pegar la vida aquí escuchando nuestras historias de alambre y porcelana vieja, así que coje lo que te sirva y desaparece".
Entonces vino la poesía como una madre sudorosa a celebrar los inviernos. Tengo a la muy puta guardada entre los trastos viejos y la voy rescatando en los días de las victorias venideras, porque han estado enterrados, los poemas, y han cogido la fuerza de los santos martirizados para volver a los consejos y las fiebres, para poblar el rincón de la casa que te hace olvidar la peste de los autobuses.
jueves, 26 de agosto de 2010

En este verano de las oportunidades habría que repoblar las rotondas, esos circulos casi vírgenes de césped donde habitan las palomas más místicas. En esas isletas perpetuamente amenazadas por los coches, las palomas construyen su yoga con el humo de los tubos de escape y su marginación, se saben no deseadas, nadie quiere llevárselas en bolsas de redecilla para merendárselas asadas y eso las deja tranquilas en el centro mismo de la ciudad donde nadie mira. En el centro de la nada hay otra fiesta, porque lo dice Juarroz y en mi cabeza lleva semanas resonando como un mantra hasta la extenuación.
En el verano de la ciudad, ésta se abre como una máquina tragaperras averiada, donde descubres de un vistazo todos los trucos, todos los pequeños resortes y engranajes viciosos. También descubres que dentro en realidad no queda ni un puto duro, que solo va a funcionar con lo que tú eches. Yo ya estoy hasta la polla y me voy a aprovechar de la debilidad del asfalto, que se está ahumando en el agosto. Se acabaron estas tristezas de trilero, estas bolitas de cromo en los bolsillos que no puedo aprovechar porque está muy feo engatusar. Estoy deseando robarle el alma de un tirón a los que presumen de no flaquear y echarme a correr en dirección a la sierra para ocultarme en el bosque. Y a ver entonces qué haces, soplagaitas. Con tu alma en mis manos y yo usándola de cebo para cetrerías.
Yo quiero pensar que el verano traerá la revolución, que la belleza será convulsiva o no será nada. ¿Que la revolución es solo un sentimiento, Pier Paolo? Adelante entonces, y además adrede. Los sentimientos sangran y hacen costra y se reinfectan y hacen fiebre de la de delirar (¿Me la está chupando un ángel con un transistor encendido en la cabeza? ¿Qué es eso en la pared que cuelga como una rata muerta pero que huele a campo de girasoles?). Eso lo he visto hasta la jodida saciedad.
Ahora ha llegado el tiempo de los asesinos. Pero lo que nos vamos a cargar no tiene rostro, tiene solo la virginalidad de un culo al que nunca se la han metido hasta el fondo.
jueves, 22 de julio de 2010
Vuelvo de Noruega con el paladar herido. Me abrasó una ascua de pescado. Ahora hay un trozo de mi piel nadando en el "fiordo de los sueños" donde las algas crecen en remolino junto a los neumáticos de los muelles que amortiguan el costado de los ferries. También entre los coches hay mártires. Algunos están desmembrados y otros llevan familias alemanas unidas a la otra orilla.
Las algas que yo más he visto tienen las ramas gelatinosas cubiertas de bulbos amarillos, que parece que vayan a dar frutos ancladas en los salitres. Ahí en el muelle sentado de Balestrand imaginé a las radios del mundo amanecer con la noticia de que los pescadores noruegos habían hallado "melones y nectarinas de fiordo", frutas de verano para que el cielo gris descanse. No todas las aguas que nutren caen del cielo, y a veces pareciera que este tomara su color del culo azulado de los fiordos o los océanos y no al revés. O sea al revés.
El cielo está ya no sobrevalorado, sino sobrealimentado. Joder, es que el cielo es un panel de zinc sudado porque se ha tumbado alguna negra con las nalgas carnosas y el sol le ha achicharrado los poros. El cielo importa menos cada día, es solo el punto número 3 del esquema del ciclo del agua que nos escribían en las pizarras. Pero es que aquí luce tanto que hemos aprendido a amarlo.
Tengo una vida en constante desequilibrio entre la magnificencia del cielo, donde nunca he estado, y la memoria terruña del topo con la que en realidad ni oigo ni veo. Pero resulta que me voy de viaje y los planos se me vuelven especulares.
Otro día ya si eso sigo escribiendo. Me voy a buscar oro en las columnas de humo de los incendios forestales.
sábado, 10 de julio de 2010

Hoy Madrid está seco como un campo de lentejas. Madrid en estos días te recuerda lo que es tener sed. La sed es una cosa que es de la niñez, es una cosa que, sin duda, sucede en el pasado.
Borges habla de la lluvia y yo desearía hablar de ella, pero es que en este verano la lluvia parece una bombilla a punto de gastarse, una bombilla de bajo consumo, de esas de iluminar el armario por dentro. Ahora me doy cuenta, casualmente, de que llevo unos días pensando en las cosas que gotean, no solamente en la lluvia que no llega. Estos días me he detenido por lo menos en tres o cuatro ocasiones a pensar en cosas que goteaban o habían goteado, qué curioso. De entre las que recuerdo, hace cuatro días me llamó mucho la atención, conduciendo por Bravo Murillo, que la luna trasera del coche de delante empezase a echar agua para limpiar el lodo que tenía sobre sí, y me gustó ver que el agua marrón goteante terminaba por ensuciar las letras de la matrícula, camuflando el coche frente a los rádares deseosos de pasta.
También hace dos días caminando por una calle de chalés residenciales me fijé, con más detenimiento de lo normal, en los caños, ni siquiera sé cómo se llaman, que están debajo de los balcones, esos que sirven para que no se acumule el agua cuando llueve. Pues el caso es que dibujan unas curiosas manchas de cal que recuerdan que en algun momento allí ha llovido a mares y que han sido necesarios. Lo que más me llamó la atención es que en todas las casas queda la mancha, nadie se detiene a limpiarla, ni siquiera aquellos que por las características de su jardín piensas que deben limpiar la casa cada día.
Estos días todo son casualidades relacionadas con el agua, las gotas y los escritores argentinos. He desmantelado mi cuarto y me voy a vivir, por fin, a un barrio donde se puede comprar leche a cualquier hora sin tener que caminar veinte minutos añorando la lluvia de la infancia. Han venido dos señores para llevarme los muebles y algunas cajas y ahí está la última de las casualidades de las que vengo hablando.
He sido un poco negligente con las cajas de los libros de tal forma que cuando los dos señores, Mario y el otro, han cogido las cajas dentro del ascensor ya para salir al portal, como no había puesto cinta aislante en el culo de la caja, se han desparramado los libros por todo el portal en una catársis vecinal de literatura. Ha faltado muy poco para que dos de mis libros se colaran por el hueco del ascensor: El libro de los seres imaginarios de Borges y un libro que me regalaron del Aplastamiento de las gotas de Cortázar, con ilustraciones y demás, en edición cuidada.
Me he asustado bastante. Esos dos libros cayendo al vacio por el hueco del ascensor, toda una condena al ostracismo. Cuando llegué a Madrid hace dos años leía mucho ese libro de Borges en el metro, me hizo compañía las primeras semanas, esas en las que duermes y trabajas todo al mismo tiempo y no paras de cargar cajas. Ahora que estoy otra vez con las cajas, llega Borges y me la quiere liar.
No sé, a lo mejor es que echa de menos la lluvia, el pasado o las gotas, y se me está insinuando. Seguro que viene ahora porque quiere compañía.
domingo, 4 de julio de 2010

Un par de días de convalecencia me sirven para descubrir reductos pendientes o sencillamente desconocidos. Paso la mañana del sábado escuchando las sinfonías 40 y 41 de Mozart mientras reviso en Youtube los mejores goles de Maradona, Van Basten y muchos otros grandes jugadores de los ochenta, esos a los que yo trataba de emular en el recreo. Parece que al futbol que yo veía cuando todavía las derrotas me hacían llorar le hayan aplicado algun filtro de imagen antiquísima.
Veo algunos buenos momentos que recuerdo de los primeros años noventa, el Real Madrid de Tendillo y Martín Vázquez, el de años más tarde con Michael Laudrup y Fernando Redondo (supongo que el único equipo que haya llegado a considerar como algo personal en toda mi vida), esos goles increíbles de Bebeto con el Deportivo de la Coruña, el Barcelona de Stoichkov y Romario, esa fabulosa Recopa de Europa del Zaragoza.
Me doy cuenta de que en algún momento me alejé del fútbol sin ninguna razón de peso, solo que los jugadores que a mí me habían cautivado se marchaban llorando en su última entrevista y con ello mi entusiasmo. Pero de repente en este Mundial me sorprendo gritando como un loco con los goles de la selección y supongo que es por algo. Quizá hasta ahora había estado conteniendo estos gritos y ahora me emociono porque me sale de los cojones y porque veo en los regates un arte total que me vuelve a conmover.
Me entusisma la frase de mi amigo G:
Es absolutamente indignante que tal y como estamos no echen fútbol por la televisión todos los jodidos días del año.
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